miércoles, 25 de abril de 2012

La higuera

Victoria, mi abuela, hablaba mucho. Todo el tiempo decía “hablando la gente se entiende” y le daba resultado… a veces. Ella había venido del sur de Italia a los nueves años. Toda la vida nos habló de su pueblo,  era como si lo  conociéramos. Hablaba del rÍo donde bajaba a lavar la ropa, hablaba de la prima Ana que había ido a parar a Chicago (con quien se escribió toda la vida), hablaba de su otra prima, María, que había quedado en su pueblo, hablaba de  su abuelo que había ido a despedirla a la estación envuelto en una capa… juro que lo veo. Hablaba sobre todo de donde jugaba. Jugaba atrás de la iglesia bajo una pequeña higuera. Toda la vida habló de esa higuera. En el año 80 estuvieron a punto de viajar con mi viejo pero se complicaron las cosas. Ella nunca pudo volver. Para colmo justo ese año, que pensaban viajar,  un terremoto barrió su pueblo. Pasó un tiempo, Victoria murió. En el ’91 mis viejos pudieron viajar. Llegaron al pueblo, todas las casas eran nuevas, no quedaba nada de lo que Victoria hablaba, hasta que mi viejo preguntó por la higuera. Ahí estaba, detrás de la iglesia que era lo único que había quedado en pie. Un árbol enorme estaba como esperando que alguien volviera.


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